viernes, 2 de octubre de 2015

El reloj en hora. Julio Matínes Velasco


Todo aquel sevillano que fuera conocido en el barrio como activista de izquierdas o afiliado a sindicatos socialista, utilizara como coartada demostrar su pertenencia a una cofradía y “exhibirse” como nazareno
 
Desde 1940 hasta la fecha, el problema del cumplimiento del horario previsto en la estación penitencial de cada cofradía se ha agudizado, hasta alcanzar en el presente una gravedad que obliga a la adopción de medidas para resolverlo.
Tomemos el citado año como inicial del problema porque a partir de él se produjeron dos notables incrementos: uno, en el número de cofradías, y otro, en el número de parejas de nazarenos en la mayoría de las mismas.

Hasta esa fecha, las cofradías no solían realizar con absoluta regularidad su estación de penitencia. Salvando los años excepcionales del periodo republicano, en los que motivaciones de orden extracofradiero originaron graves anormalidades; aun en los años anteriores no era extraño que algunas hermandades  decidieran no hacer estación por falta de medios económicos.

De 1932 a 1936 en los años que salieron cofradías –uno sólo la Estrella, otro catorce cofradías– los cuerpos de nazarenos eran muy cortos por miedo a disturbios violentos como explosión de petardos y otros artefactos, o disparos, que a los hermanos vestidos con el atuendo nazareno dificultaba movimientos excepcionales; así se retraían de salir hermanos de más de cuarenta años y, sobre todo, púberes.

En 1937 y 1938, en plena guerra civil, los cuerpos de nazarenos experimentan acusada alteración, pero por opuestos  motivos: en unas cofradías, principalmente las que tenían su sede ubicada en templos del centro de la ciudad, seguían con sus breves cortejos a causa de que los jóvenes estaban movilizados en los frentes de batalla y el grueso de nazarenos era de elevada edad; pero en otras, las populares de barrios experimentaron un extraño crecimiento de la nómina de hermanos y de papeletas de sitio, debido a que habiéndose sublevado en Sevilla el general republicano, Gonzalo Queipo de Llano y sometido a la ciudad en menos de una semana, la población de los barrios más resistentes al alzamiento militar, los de población proletaria, sufrió inclemente purga, de juicios sumarísimos por la justicia militar, con diversas condenas que iban desde encarcelamiento hasta fusilamientos.

En consecuencia, todo aquel sevillano que fuera conocido en el barrio como activista de izquierdas o afiliado a sindicatos socialista, comunista o anarquista, utilizara como coartada demostrar su pertenencia a una cofradía y “exhibirse” como nazareno. Tal coartada se extendió como mancha de aceite.

Desde entonces, las cofradías comenzaron a efectuar sus estaciones con toda regularidad y un cuerpo de nazarenos cada vez más nutrido. Esto y la presencia de hermandades de nueva creación provocaron problemas de horario, que comenzaron a presentar serios conflictos a partir de la segunda mitad de la década de los cincuenta.

Esta problemática se presenta a lo largo de todo el recorrido de cada cofradía, pero incide más acusadamente en el transcurso por la carrera oficial, lo que nos obliga a esbozar un análisis comparativo de sus características.

Teóricamente, una cofradía debe tardar el mismo tiempo todos los años al efectuar igual recorrido. En la práctica está demostrado que en ello influye la longitud de la procesión, ya que a causa de la marcha reptante que lleva, los movimientos alternos de compresión y descompresión de las parejas del cuerpo de nazarenos son más numerosos cuanto más nutrido sea dicho cuerpo, y una cruz de guía debe adaptarse siempre a esa fluctuación para mantener una línea continua a lo largo de toda la procesión, evitando los nefastos cortes. De donde se deduce que una cofradía de cien parejas de nazarenos camina con más rapidez que otra de cuatrocientas parejas, dentro de las limitaciones físicas de las “chicotás” de los hermanos del costal.

No obstante lo apuntado, –que significaría que, al ser ahora el acompañamiento mucho más abundante que en años atrás, las cofradías se ven obligadas a procesionar con  más lentitud–, consideramos excesivo el incremento en  la duración de la estación de penitencia que se ha producido en la inmensa mayoría de las cofradías. Comprobémoslo con unos ejemplos. 

Partimos de 1940 porque ese fue un año que se caracterizó, como hemos comentado líneas atrás, por una gran afluencia de nazarenos, por haber terminado la guerra el año anterior.

La cofradía de la Paz hacía su estación aquel año en seis horas. En 1975 lo hizo en  diez y en 2012, en doce horas. De la catedral a su templo tardaba dos horas y cuarenta y cinco minutos, mientras que, en 1975, tardó cuatro horas y cuarenta y cinco minutos. Y en 2012, cinco horas y media.

Manejamos los datos de 2012 por el horario oficial, aunque la  mitad de las cofradías no salieran a causa de la lluvia.

Otro ejemplo: la Amargura, en 1940, salía a las siete de la tarde y se recogía a las doce y  media de la madrugada. En 1975 salía a la misma hora y entraba a la una y quince minutos. En la actualidad sale a las siete y cuarenta y cinco y entra a las dos y media.

Curioso es el caso de las  dos cofradías que residen en el Salvador. El Amor, en 1940, que procesionaba con sus tres pasos en el mismo cortejo, hacía su estación en tres horas y media. En 1975, con sólo dos pasos, pues el de la Entrada en Jerusalén ya encabezaba el Domingo de Ramos, la hizo en tres horas y cuarenta y cinco minutos. En 2012, tenía fijada su salida a las nueve y su recogida a la una y cuarenta y cinco  –cuatro horas y tres cuartos– extremo que fue ampliamente superado por el retraso acumulado en  la carrera oficial y por llevar los tres pasos juntos, a causa de la lluvia caída al principio de la tarde, que impidió salir al cortejo de blanco, con su popular paso de la “Borriquita”. En 1940 tardaba del Salvador a la Campana cuarenta minutos, mientras que, en 1975, sesenta. Inexplicable, yendo por el mismo itinerario y con sólo dos pasos. Y en 2012, una hora y cinco minutos era el tiempo fijado por el horario oficial a cumplir.

¿Cómo Pasión, también con dos pasos e igual recorrido, efectuaba su estación en media hora menos que el Amor? De su templo a la Campana ganaba quince minutos, y de la Catedral a su templo, veinticinco. En 2012, de salida a Campana ¡una hora y cinco minutos! Y de Catedral a su templo, ¡dos horas y quince minutos! ¿Por qué?

En mayor o menor medida, todas las cofradías del Domingo de Ramos  han venido aumentando, al paso de los años, la duración de su estación penitencial.

Como hemos comentado ya, en 1940 se inició la última etapa de florecimiento de nuestra Semana Santa; florecimiento que, aunque en 1975 ya presentaba problemas, ha ido a más generación tras generación. Sírvanos la experiencia del comentado primer periodo floreciente, para aplicarla a la Semana Santa de la segunda década del siglo XXI.

Si es oportuno poner el  reloj cofradiero en su punto, no vendría mal una revisión a base de buena voluntad entre la fraternidad cristiana, aunque haya que renunciar a algunos factores meramente externos que sólo producen en los cofrades sensaciones de orden más sensorial que espiritual.

Lo cierto es que en la actualidad, las cofradías se recogen demasiado tarde. Sobre todo en días laborables. Lo que ocasiona perjuicios o, al menos, severas molestias de todos conocidos. Consideremos que más sacrificio supone levantarse a las siete de la mañana para ir a trabajar, a un nazareno que se ha acostado a las tres, o más tarde, rendido de cansancio, que la fatiga de la propia estación de penitencia de seis u ocho horas.

Pensamos que, con la buena voluntad colectiva antes citada, se podría anticipar la mayoría de las entradas a los templos en una hora u hora y media. Ello congregaría más fieles en las entradas, pues está demostrado que las cofradías que entran muy tarde están menos acompañadas o casi solitarias.

Llamamos la atención del lector acerca de la expresión que hemos venido utilizando, repetida e intencionadamente, de “estación de penitencia” y no la de “desfile procesional”. El matiz diferencial está más que claro, diáfano. Una estación de penitencia debe hacerse por el camino más corto y en el tiempo prudencialmente más breve. El recorrido más largo y más multitudinario dejémoslo para la Cabalgata de Reyes Magos. Todo lo que sea estirar el tiempo de estancia de un paso en la calle, recurriendo a lentitud o a extensión de recorrido, porque tal o cual calle sea más bella, entra ya en el concepto, hoy afortunadamente superado de “desfile procesional”.

Julio Martínez Velasco

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