martes, 3 de noviembre de 2015

Ser nazareno en Sevilla. Julio Martínez Velasco


Para algunos, la estación de penitencia quizás sea el   único contacto con Dios en el año. 
Pero… ¡Qué contacto!

Ser nazareno en Sevilla es algo muy serio: es todo un privilegio. En algunos puntos de España se sacan imágenes a la calle los Jueves o Viernes santos y se las acompañan con  luces o, incluso, con el atuendo sevillano de nazareno más o menos fielmente imitado: pero, simplemente, para conmemorar la Pasión de Jesús. Por lo general suelen ser procesiones de organización diocesana, a través de órdenes religiosas o clero parroquial, cuando no de museos de imaginería. En algunos lugares se llegó a formar asociaciones piadosas de fieles seglares a tal fin, pero todas están  muy lejos de la justificación sevillana de la Semana Santa. En Andalucía existen, desde hace más o menos tiempo, las hermandades, con sus tradiciones locales muy respetables, Ello es característico del Sur peninsular, aunque esto no quiere decir que en los puntos en que la efeméride se celebra con más relumbrón, sean necesariamente las de mayor dimensión tradicional.

Es preciso descender hasta el origen de las cofradías sevillanas para comprender ese extraño fenómeno llamado nazareno, cuya envoltura exterior es una vestimenta anacrónica, reñida con el pulso actual del mundo, pero cuya médula contiene un muy respetable intríngulis. En la antigüedad  las cofradías llamadas de sangre llevaban sus disciplinantes. Por eso, la estación que realizan se llama de penitencia. Salir de nazareno en Sevilla no queda en acompañar con un punto de luz a una imagen devota. Tiene un fin específico de sacrificio, de penitencia, de ejercicio del dolor y de la humildad. De no ser así, no tendría sentido el antifaz que cubre el rostro. El disciplinante de hoy no se flagela como en el siglo XVI, pero va descalzo, lleva luz o cruz a cuestas. El penitente que va tras un paso soportando el peso de una cruz con el rostro cubierto, cumple al pie de la letra el consejo de Jesús: “El que quiera venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”, porque se ha negado a sí mismo al ocultar su personalidad, ha tomado materialmente y cargado sobre sus hombros una cruz grávida  y ha seguido a su venerada imagen a lo largo de su estación penitencial. Ya sabemos que las palabras de Jesús tienen un alcance mucho más amplio, pero el símbolo de querer alcanzar la perfección señalada por Cristo está ahí bien patente. Que la voluntad humana sea luego frágil es otra cuestión. En el mismo pasaje evangélico se muestra.

La penitencia es, pues, penosa y en el hecho de salir de nazareno no cabe la vanidad ni la orgullosa presunción. Por otra parte, los nazarenos de Sevilla no son mercenarios, como sucediera en algunos sitios. Por el contrario, para acompañar a las imágenes de su devoción han de abonar cantidades nada despreciables. Para muchos supone un día de trabajo. Entonces, ¿dónde está la supuesta gracia o atractivo de salir de nazareno? Se cae por su propio peso la leyenda negra  cultivada por la literatura folklórica: las andaluzadas en el cine, los sainetes y comedias costumbristas rebosantes de tópicos; loa relatos populares y los chascarrillos de calle y taberna que generalizaron, hasta no muchos años, la caricatura del nazareno zumbón que se salía de la fila y se tomaba una copa.

¿Por qué se visten de nazareno tantos miles y miles de hombres, mujeres y niños? Ha de existir una motivación muy fuerte para que tal hecho se produzca. En los tiempos que vivimos, inmersos en una revolución tecnológica de signo materialista no resulta lógico vestirse una túnica de ruan, arrollarse un ancho cinturón de áspero esparto y cubrirse con un antifaz cuyo capuchón cubre a un largo capirote. Choca y chirría tan patente anacronismo. Sin embargo, existen decenas de millares de personas que lo hacen con una seriedad y un respeto rayanos en la solemnidad. Es el extraño fenómeno llamado nazareno.

Más extraño aún, si tratamos de averiguar que en el vestirse de nazareno es dónde y cuándo no hay la más mínima acepción de personas o clase social, o raza. Precisamente porque la persona se borra tras el anonimato. La uniformidad de la túnica mide con igual rasero a todos los hombres en la plenitud del pensamiento cristiano, y el hecho de ocultarse el rostro anula por completo el egoísmo.
¿Deducimos de las anteriores premisas que el salir de nazareno es señal de vida fervorosa? Toda afirmación tajante sería temeraria. Para algunos, la estación de penitencia quizás sea el   único contacto con Dios en el año. Pero… ¡Qué contacto!

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