Para algunos, la estación de penitencia quizás sea el único contacto con Dios en el año.
Pero…
¡Qué contacto!
Ser nazareno en Sevilla es algo muy
serio: es todo un privilegio. En algunos puntos de España se sacan imágenes a
la calle los Jueves o Viernes santos y se las acompañan con luces o, incluso, con el atuendo sevillano de
nazareno más o menos fielmente imitado: pero, simplemente, para conmemorar la
Pasión de Jesús. Por lo general suelen ser procesiones de organización
diocesana, a través de órdenes religiosas o clero parroquial, cuando no de
museos de imaginería. En algunos lugares se llegó a formar asociaciones
piadosas de fieles seglares a tal fin, pero todas están muy lejos de la justificación sevillana de la
Semana Santa. En Andalucía existen, desde hace más o menos tiempo, las
hermandades, con sus tradiciones locales muy respetables, Ello es
característico del Sur peninsular, aunque esto no quiere decir que en los
puntos en que la efeméride se celebra con más relumbrón, sean necesariamente
las de mayor dimensión tradicional.
Es preciso descender hasta el origen de
las cofradías sevillanas para comprender ese extraño fenómeno llamado nazareno,
cuya envoltura exterior es una vestimenta anacrónica, reñida con el pulso
actual del mundo, pero cuya médula contiene un muy respetable intríngulis. En
la antigüedad las cofradías llamadas de
sangre llevaban sus disciplinantes. Por eso, la estación que realizan se llama
de penitencia. Salir de nazareno en Sevilla no queda en acompañar con un punto
de luz a una imagen devota. Tiene un fin específico de sacrificio, de
penitencia, de ejercicio del dolor y de la humildad. De no ser así, no tendría
sentido el antifaz que cubre el rostro. El disciplinante de hoy no se flagela
como en el siglo XVI, pero va descalzo, lleva luz o cruz a cuestas. El
penitente que va tras un paso soportando el peso de una cruz con el rostro
cubierto, cumple al pie de la letra el consejo de Jesús: “El que quiera venir
en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”, porque se ha negado
a sí mismo al ocultar su personalidad, ha tomado materialmente y cargado sobre
sus hombros una cruz grávida y ha
seguido a su venerada imagen a lo largo de su estación penitencial. Ya sabemos
que las palabras de Jesús tienen un alcance mucho más amplio, pero el símbolo
de querer alcanzar la perfección señalada por Cristo está ahí bien patente. Que
la voluntad humana sea luego frágil es otra cuestión. En el mismo pasaje
evangélico se muestra.
La penitencia es, pues, penosa y en el
hecho de salir de nazareno no cabe la vanidad ni la orgullosa presunción. Por
otra parte, los nazarenos de Sevilla no son mercenarios, como sucediera en
algunos sitios. Por el contrario, para acompañar a las imágenes de su devoción
han de abonar cantidades nada despreciables. Para muchos supone un día de
trabajo. Entonces, ¿dónde está la supuesta gracia o atractivo de salir de
nazareno? Se cae por su propio peso la leyenda negra cultivada por la literatura folklórica: las
andaluzadas en el cine, los sainetes y comedias costumbristas rebosantes de
tópicos; loa relatos populares y los chascarrillos de calle y taberna que
generalizaron, hasta no muchos años, la caricatura del nazareno zumbón que se
salía de la fila y se tomaba una copa.
¿Por qué se visten de nazareno tantos
miles y miles de hombres, mujeres y niños? Ha de existir una motivación muy
fuerte para que tal hecho se produzca. En los tiempos que vivimos, inmersos en
una revolución tecnológica de signo materialista no resulta lógico vestirse una
túnica de ruan, arrollarse un ancho cinturón de áspero esparto y cubrirse con
un antifaz cuyo capuchón cubre a un largo capirote. Choca y chirría tan patente
anacronismo. Sin embargo, existen decenas de millares de personas que lo hacen
con una seriedad y un respeto rayanos en la solemnidad. Es el extraño fenómeno
llamado nazareno.
Más extraño aún, si tratamos de averiguar
que en el vestirse de nazareno es dónde y cuándo no hay la más mínima acepción
de personas o clase social, o raza. Precisamente porque la persona se borra
tras el anonimato. La uniformidad de la túnica mide con igual rasero a todos
los hombres en la plenitud del pensamiento cristiano, y el hecho de ocultarse
el rostro anula por completo el egoísmo.
¿Deducimos de las anteriores premisas que
el salir de nazareno es señal de vida fervorosa? Toda afirmación tajante sería
temeraria. Para algunos, la estación de penitencia quizás sea el único contacto con Dios en el año. Pero…
¡Qué contacto!


No hay comentarios:
Publicar un comentario