lunes, 16 de noviembre de 2015

Ser nazareno en Sevilla (II)


Que ser nazareno en Sevilla pesa lo suyo lo saben todos los que lo son. Y que es la penitencia que se hace más a gusto, también. 

Julio Martínez Velasco
¿Se puede sufrir esa penitencia  por un simple capricho que tendría visos de masoquismo? Sería pueril. En personas  inteligentes y formadas no cabe salir por simple admiración hacia la hermandad. Ni cabe salir por vecindad o por amistad. La tradición de varias generaciones comienza a pesar en la escala de motivaciones, pero aún no es bastante, pues si no es creyente, mal  puede salir un adulto por complacer a su padre. No caben otros motivos que los de la devoción, la promesa, la penitencia o la ascética de perfección. Generalmente, una persona se vincula a una hermandad para toda la vida. Los jóvenes de hoy, como los de ayer y los de siempre dan testimonio de la solidez de su criterio alcanzando mayoría en las filas de nazarenos, realizando un acto de piedad y de sacrificio con  la mano derecha, con el rostro cubierto para que no se entere la mano izquierda.

Esto y aún más, mucho más, es ser nazareno en Sevilla, en esta ciudad cuyas procesiones  suelen estar tachadas de fiestas profanas e, incluso de frívolas, por gentes ignorantes de la verdad, que viven regiones donde los nazarenos tal vez sean mercenarios. En Sevilla podemos aplicar la frase tópica de que la procesión va por dentro. Exactamente detrás del antifaz.

Los nazarenos de Sevilla, cuando procesionan, son asediados por una chiquillería de cualquier clase social, en demanda de un caramelo. Las palabras nazareno y caramelo, ambas tetrasílabas y asonantadas, se prestan a que la expresión, “Nazareno, dame un caramelo”, entonada a compás, se haya estereotipado a lo largo de muchos años. Yo la vengo escuchando desde mi infancia, hace ochenta años. Tan insólito fenómeno ha sido explotado por quienes pretenden acusar de frivolidad a nuestras estaciones de  penitencia. Intentemos explicarlo.

Que ser nazareno en Sevilla pesa lo suyo lo saben todos los que lo son. Y que es la penitencia que se hace más a gusto, también. Nazareno, costalero, capataz, músico o acólito, todos padecen en su cuerpo los sufrimientos físicos de la fatiga, el cansancio, la sed o el sueño. Cada elemento procesional gravita sobre ellos a su manera. Al nazareno, el antifaz le crea una atmósfera densa e irrespirable, por la dificultad de expulsión del anhídrido carbónico de la espiración a través del tejido, sobre todo en los antifaces de terciopelo, gruesos y no traspirables. Tal clima exacerba las molestias habituales del recorrido. Se extraña el cinturón de espato que encorseta burdamente al nazareno. Acostumbrados a retener los pies moldeados en los zapatos, se abren a consecuencia de la caminata efectuada a pies descalzos, pues el tacto se sensibiliza extremadamente: el frío de los mármoles, el calor de la cera derretida, la humedad de los charcos, el choque con los cuerpos sólidos de la más varia naturaleza, la adhesión de objetos pegajosos como papeles de caramelos o chicles abandonados, el escozor que producen las puntas del cigarrillo negligentemente arrojadas son sensaciones que repercuten en el ritmo respiratorio del nazareno, distrayendo su normalidad. El peso del cirio alzado sobre la cintura o cualquier insignia de superior gravidez o molesto contorno fatiga en proporción al tiempo que se soporte. Apenas si se advierte en la primera media hora, a partir de entonces comienza a molestar, a sentirse el incómodo peso, una hora después la fatiga se torna en obsesionante, pasadas tres o cuatro horas se precisan verdaderos esfuerzos para soportarlo, y trascurridas unas cinco o seis horas de estación, el antifaz asfixia como manos que oprimieran el cuello, el esparto de la cintura aplasta el torso inmovilizado y deseoso de inspiraciones profundas; las rodillas entumecidas por no doblarlas y los pies abiertos y rendidos crean un clima de cansancio en el nazareno que acrecienta la sed hasta el punto de convertirla en la tortura de la estación penitencial. El recurso de humedecer la boca disolviendo un caramelo, que tanto remueve a la chiquillería en su demanda, no tiene otro objeto que paliar, muy débilmente por cierto, el tormento de la sed.

En el costalero, encerrado en el lóbrego sótano de las andas y obligado a realizar un esfuerzo físico extraordinario, inmerso en un ambiente de atmósfera enrarecida y empapado en sudor, la sed es tan apremiante que tras ellos caminaba un pintoresco personaje, desaparecido ya de la picaresca callejera: el aguador. Desde mi juventud lo recuerdo con su cojincillo al hombro y sobre él un cántaro. Un cántaro, sí, como el que pintara Velázquez en “El aguador de Sevilla”; un cántaro que es padre y señor de las tallitas de barro blanco que, colgadas de sus dos asas, alternaban con las macetas de albahaca en  los aguaduchos; un cántaro inconfundible, cuyo tapón de corcho estaba doblemente horadado por dos cañas cortadas al bies, que lo traspasaban. Una, para verter el agua; la otra, para que el cántaro respirase y el agua fluyera. Y al cinto, colgada, la vasera con sus dos latas provistas de asa para saciar la urgente sed de los costaleros.

Tras  una larga chicotá, la demanda de agua es inevitable. También lo es a las primeras horas de la tarde, cuando el sol caldea y los pesados faldones de terciopelo regatean, avaros, la ventilación. Después del imperativo:  ”Ahí quedó” del capataz, cuando el paso golpea secamente el duro  suelo, adoquín y asfalto se alzan los faldones y aparece el rostro  enrojecido del costalero que demanda imperioso: –“Amos a la latiya”, Y aquel aguador, sin prisa pero sin pausa iniciaba la serie de faenas rituales que comprendía la evangélica acción de dar de beber al sediento. Se acuesta el cántaro en el suelo o asienta su panza sobre la punta del alpargatado pie; vierte un  chorrilllo de agua para enjuagar la lata –higiénica y rutinaria medida de su oficio– y luego, con más “aire” y mayor distancia de la caña a la lata, llena ésta con cierto tono de solemnidad. El costalero se la engulle de un largo trago. Sus compañeros le acucian. De nuevo se repite la operación con la misma cachaza, lo que obliga a los costaleros a increparle en demanda de una mayor presteza. Beben tres o cuatro hombres, hasta que suena  el primer golpe de martillo y el faldón cae hasta el suelo como cualquier telón de teatro. El aguador se echa el cántaro al hombro, dispuesto a caminar tras el paso. Él también hace su estación de penitencia, porque un cántaro lleno pesa mucho más que una liviana cruz de penitente. Y ese Crucificado que va encima del paso, sobre monte de claveles, cuando Él lo disponga, llamará al aguador y le dirá; “Ven, bendito de mi Padre, a entrar en  posesión  del reino que te tengo preparado desde la creación del mundo, porque tuve sed y me diste de beber”.

No hay comentarios:

Publicar un comentario