Pero ser nazareno en Sevilla no es cosa
de un día al año: es algo muchísimo más serio. Es pertenecer a una hermandad
los trescientos sesenta y cinco días de cada año de su vida. Cada hermano le
dedica el tiempo que puede o quiere; unos, con más aparente dedicación; otros,
con más aparente intensidad. Y califico de aparente porque cada persona es un
mundo y no hay dos seres humanos iguales, por lo que no podemos juzgar
actitudes. Ahora, que cada corporación va teniendo su Casa de Hermandad, hay
más miembros que la visitan. En la anterior generación, que no editaba
boletines periódicos y sólo disponía de
unas precarias dependencias anejas al templo de su residencia, los hermanos se
comunicaban menos entre sí y las hermandades “caminaban” a paso más lento. Hoy,
todas atienden mucho más a la Caridad y
a la formación que en tiempos de nuestros padres y abuelos. Esto
deberían conocerlo los críticos, porque las hermandades cuidan mucho la norma
evangélica de no pregonar sus buenas obras, sino dar al prójimo con una mano
sin que se entere la otra mano.
Es paradójico, pero es así y la realidad
lo confirma: mientras mejor sea una obra humana, más detractores tiene. No debe
extrañarnos, pues, que nuestras cofradías sufran las críticas de quienes no han
sido capaces de comprenderlas en su total grandeza. Entre los extraños a la
idiosincrasia sevillana hay quienes sólo perciben lo externo de nuestras
estaciones penitenciales, llegando a tacharlas de desfiles ostentosos y, aún,
irreverentes; sin duda, porque no han calado en el tesoro humano que guarda en
su interior el temple cristiano de nuestras hermandades. Es el de estos
detractores un punto de vista parcial, una deformación perspectivista y, por
tanto, una verdad a medias, lo que equivale a una falsedad.
No se puede condenar tan alegremente el
esplendor de culto de las cofradías, pues el Derecho Canónico nos define las
asociaciones eclesiásticas puntualizando los fines principales y secundarios de
cada una, y así distingue las Órdenes
Terceras, las cofradías y las Asociaciones Piadosas. Las Órdenes Terceras
procuran, en rigor, la propia perfección a tenor y con la espiritualidad del
Instituto Regular del que brotan. No suele ser primordial el sentido militante
de conquista y acción. Las cofradías tienen por objeto el esplendor del culto,
con el que suelen coexistir ciertos ejercicios de piedad e, incluso, de
apostolado, pero sin carácter esencial. Las Asociaciones Piadosas se consagran
a diversos ejercicios de piedad, de beneficencia o de apostolado.
Así, no sería procedente censurar a las
cofradías el esplendor de sus cultos en el templo o en la calle, puesto que
están realizando el fin primordial para el que fueron creadas. Pero los fines,
canónicamente no esenciales de caridad y apostolado han tenido siempre en nuestras
cofradías un relieve que los detractores de fuera y de dentro no han podido
advertir, porque el sevillano cuando practica, la virtud de la caridad, lo hace
como si tal cosa, sonriendo, disimulando para no herir la dignidad del
recipiendario, quizás entre bromas y veras y, por supuesto, de revestirse de
engolados arrebatos pseudoascéticos; precisamente para que la mano izquierda no
se entere de lo que hace la derecha.
–Esto es muy problemático –pueden aducir
los escépticos–; decir que se hace pero que no se ve es poco serio, por
indemostrable.
Vamos a demostrarlo con unos botones de
muestra. El camino más corto es detenerse en leer las Reglas de las cofradías,
antiguas o modernas, para encontrar frecuentemente estatuídos compromisos de
caridad. Por lo pronto, las cofradías de origen gremial –y son la mayoría de
las creadas en los siglos XVI y XVII– tenían por finalidad, aparte del culto,
la caridad para con los agremiados, para
quienes construían sus propios
hospitales.
Asomarse a la ventana del pasado
histórico permite contemplar las cofradías con una amplitud de perspectiva de
cuatro siglos, y tal visión aporta unos elementos de peso a la hora de
enjuiciar la naturaleza de las cofradías sevillanas.
Como ello es materia extensísima,
escojamos como muestra la actividad de una sola cofradía en una sola generación
de un determinado siglo. Por ejemplo, la del Cristo del Amor en unos años del
siglo XVIII. En sus libros de Mayordomía leemos que, junto a un esplendor
cultual que con toda propiedad calificamos
de dieciochesco en su acepción más lujosa, predominan noticias que nos completan la realidad de lo que era
la cofradía.
En efecto, en sus libros de cuentas vemos
que en el año 1756 casi todos los ingresos se consumen en socorrer a los presos
–principal actividad de esta hermandad y para lo cual fue fundada en el siglo
XVI–, por disponerlo así sus Reglas, Y como estos gastos superaban a las cifras
de ingresos normales, para cubrirlos se recurría a rifas de objetos tan
curiosos como costales de trigo, juegos de ropa de cama, muebles diversos y
hasta una ristra de ajos que, por cierto, produjo dieciocho reales de
beneficio; además instalación de
alcancías en los mercados y posadas y explotación de una bolera en la plaza de
Santa Catalina, que era lo que más recaudaba debido a la popularidad del juego
de bolos.
Por otra parte, cada hermano tenía en su
domicilio una alcancía, propiedad de la hermandad, cuya llave obraba en poder
de ésta, con el compromiso de no dejar pasar un solo día sin echar un óbolo,
aunque fuera un maravedí, para que los hermanos recordaran diariamente que
había cristianos necesitados que padecían hambre, sed, enfermedad y privación
de libertad en las prisiones, y la obligación
de todo cristiano, para su propia salvación de socorrerlos, viendo en
ellos a Cristo que pasó sed, cautiverio y crucifixión.
También
en los libros de cuentas aparecen
abundantes datos de que la hermandad sacaba a los hermanos a la calle a
pedir limosnas, casa por casa, a fin de juntar fianzas para comprar la libertad
de los presos.
El año 1777 y en correspondencia a un
señalado favor que la Hermandad del Amor hizo a la de la Columna y Azotes, ésta
hizo a aquella un generoso donativo en garbanzos, pan, carne, tocino, habas,
trigo y cebada para repartir entre los encarcelados, en cuyo año citan los
libros de cuentas que la Hermandad del Amor repartía. 2,177 comidas en la
cárcel, donde los presos pasaban hambre y hasta morían de escorbuto y otras
enfermedades causadas por deficiencias dietéticas e higiénicas.
Podríamos seguir aportando interminables
testimonios que definen la naturaleza de las cofradías sevillanas y de las
buenas obras que realizan con la mano que no se ve. Después de estos
testimonios, si a la hora de sacar a la calle a la Madre de Dios y Madre
nuestra, la piropean con el corazón y con la boca, ¡benditos piropos!, no sea
esto causa de escándalo. Conózcase el fondo de la verdad y no se juzgue por
estas expansiones jubilosas de amor filial una obra de cuatro siglos, basada en
un rigor evangélico tan antiguo como moderno porque es invariable.
Julio Martínez Velasco


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